¿POR QUÉ "AUDAZ Y TANGUISTA"?

"El gallego, audaz y tanguista, ha nacido cuatro siglos demasiado tarde.
Para él fueron aquellos tiempos de conquista de imperios,
cuando la audacia y el genio de los españoles trocaron en realidad algo
que parecía una quimera"
Así habla un viejo recorte de periódico de mi abuelo, Ángel Tejeiro Casteleiro, boxeador entre 1923 y 1933, campeón de Cataluña del peso ligero cuando aquello suponía el número dos o tres del escalafón nacional de la categoría. Yo no llegué a conocerle, y hoy la Federación Española de Boxeo dice que no sabe, no contesta, que los archivos se quemaron cuando la guerra y que oficialmente no queda constancia de él. Igual es que, para esta gente, tirar de hemeroteca no merece la pena. Supongo que, por el mismo motivo, tampoco saben nada de otros grandes nombres del pugilato español de principios del siglo XX. Hombres bravos con los que mi abuelo compartió una buena amistad -como Hilario Martínez, José de la Peña, Serafín Martínez Font, Ricardo Alís, Víctor Ferrand, Ignacio Ara- o con quienes tuvo la ventura de coincidir dentro y fuera de los rings, como Martín Oroz, Joaquín Valls, Luis Rayo, Tomás Cola, Tomás Thomas y tantos otros. Esta página va dedicada a todos ellos, a recuperar su memoria en unos tiempos en que cualquier payaso se las da de celebridad. Está en construcción, como veis: de momento he recogido datos de Ángel Tejeiro, Hilario Martínez, Martín Oroz, Díaz II, Ángel Artero, José Gironés, Jorge Salvany, Josep Ubach, Emilio Gil "Blind" y Rodri. También se muestra una lista de los campeones de España desde la fundación de la FEB hasta el comienzo de la guerra (que yo sepa, es la primera vez que se publica). Animo a quien quiera honrar a estos grandes boxeadores a que colabore con datos, preguntas, comentarios, fotografías o cualquier otro material. Va por ellos. Va por ti, iaio.

Prólogo del libro "Audaz y tanguista"

En la noche del 23 al 24 de junio de 1977 la camioneta pick up de la marca Toyota ocupada por Ñato “Chancho” Arizmendi y “el Polilla” Celaya patinó en el barro de la pista que enlazaba Santa María y Teocuatlán, se salió de la misma por el margen derecho y dio vueltas de campana por la ladera repleta de cafetos en floración hasta empotrarse contra el tronco de una ceiba. Cuando cesó el cling clang de las piezas al desmontarse y la ladera del Cerro Grande recobró su silencio habitual —roto sólo por el repique de la lluvia que caía con tedio— “Chancho” Arizmendi y “el Polilla” Celaya, que se habían empotrado contra el parabrisas al primer tumbo del vehículo, estaban ya muertos de sendos traumatismos craneoencefálicos.
El siniestro fue descubierto seis horas más tarde por el cabo Dionisio Rojas, de la policía municipal de Tuxtepec, cuando hacía la ronda en su vieja camioneta Chevrolet para comprobar que las agencias habían vuelto al orden después de la noche de San Juan. El cabo detuvo su vehículo en el punto del lodazal por donde el pick up de “Chancho” y “el Polilla” había abandonado la rodada, se apeó, protegió sus ojos con la mano y contempló el ancho surco abierto en el cafetal. La lluvia se había convertido ya en un calabobos perezoso que aún no se había difuminado en calina. Suspendidos sobre las flores blancas de los arbustos de café y recortados contra la hoya del valle del Zacatepec —que se extendía al pie del cerro como una jarapa de tonos verdes—, el auto accidentado y la ceiba componían una estampa trágica pero muy fotogénica.
Dionisio Rojas suspiró y chapaleó por el barro hasta los restos humanos y vehiculares. Era un hombre joven y aindiado, de cabeza grande y cuerpo menudo y flaco, ojos descreidos, cabello zaino peinado con raya en medio y gesto lúgubre. Cuando llegó al auto reconoció de inmediato a los fiambres, comprobó que ambos lo eran efectivamente y permaneció un rato contemplando la ringlera de objetos variados que se extendía por todo el terreno por el que la camioneta había trompicado. Mojados, medio hundidos en el barro o depositados en las plantas de café como guirnaldas de Navidad, el cabo Rojas vio varios pañolones floreados de seda, distinguidos trajes de señora y caballero, una mantelería de finos bordados, dos candelabros de bronce, media docena de cubiertos de plata, una sopera de porcelana, un reloj con carillón, otro de mesa, un bastón con puño repujado y otros objetos por el estilo. Dionisio Rojas adivinó que aquel era el fruto del saqueo de las casas pudientes de la ciudad, perpetrado la noche anterior por los difuntos aprovechando que sus habitantes habrían acudido a disfrutar de los concursos de decimeros, de las cabalgatas y de los sones y huapangos.
Con desgana resignada, el cabo chapoteó de vuelta hasta su camioneta y llamó por radio a la central para informar del hallazgo, pedir que fueran a despertar al señor juez y ordenar de camino un termo de café con piquete.
Mientras aguardaba, Dionisio Rojas recolectó para provecho propio algunas piezas del tesoro que se tendía entre el camino de terracería y la ceiba: un puñado de billetes mejicanos y gringos, una estilográfica Sheaffer’s, un reloj Longines Kleopatra, un pendiente suelto de oro y pedrería. Una a una las fue gardando en la faltriquera de su pantalón de loneta, sin perder por el ángulo del ojo la vista del sendero que serpeaba entre los cafetales. Una hora más tarde llegaron cerro arriba dos vehículos: la otra camioneta del retén de policía y el Jeep amarillo del Servicio Postal Mexicano que el magistrado Mosquera utilizaba en sus salidas a las agencias del campo. Según llegó el juez —un hombre cachetón, mal rasurado y con bigotes de aguacero—, el cabo Dionisio Rojas le puso al corriente de lo que había encontrado y le entregó en mano algunos de los objetos de valor y parte del dinero que había rapiñado.
—No quise dejar estas cosas en el barro, señor licenciado, por si se las llevaban —dijo el cabo, obviando la ausencia de otras personas que no fueran ellos dos y el policía Héctor Lorenzana, a quien por guapo llamaban “la Nancy” a sus espaldas. El juez se apropió de lo ofrecido, lo guardó en el bolsillo interior de su saco, caminó por el barro hasta el lugar de la colisión —calzaba botas altas de agua sobre el traje de paño azul—, inspeccionó sin entusiasmo a los fallecidos y ordenó que los cuerpos fueran llevados al depósito de la Casa de Salud de Tuxtepec. Respecto a los restos del botín, dispuso el señor magistrado que el cabo Rojas los transportase al cuartel policial, los inventariase y, a falta de caja fuerte, los pusiera en custodia en un calabozo.
—Tal vez sus dueños pongan denuncias —dijo con escepticismo—. Estén atentos y consulten de cuando en cuando a los otros retenes. Si aparece alguien a quien catearon estos dos pendejos, envíenmelo.
—¿No es necesario que el doctor Carrizo certifique las defunciones antes de levantar los cuerpos? —quiso saber Dionisio Rojas.
—¿Le parecieron vivos a usted?
—Ni modo, Señoría.
—¡Pues ándele, no se me apure! Deje usted que el doctor duerma la mona en paz, que tiempo habrá para certificados.

Dionisio Rojas era un hombre tranquilo, pero no con la indolencia propia de los de su oficio sino con la calma testaruda de los buenos jornaleros. Aún no había almorzado cuando a las cinco de la tarde terminó de apilar y enumerar los objetos, de manera que encargó de una cantina próxima una tortilla de yuca con frijoles refritos, un dulce de mamey y un par de Tecates.
La lista incluía ciento quince objetos. La mayoría eran de la suerte de los citados pero también otros menos previsibles, con los que los maleantes debían de haber arramblado en la precipitación de la huída: una trompeta Piccolo de tres pistones plateada y con abolladuras, un par de zapatos correctivos infantiles de piel marrón, un gastado retablo en lámina con una Virgen del Sagrado Corazón y hasta una muñeca de porcelana con cabello natural, ojos de vidrio, vestido de orlán y zapatitos de cuero, que Dionisio colocó de cara a la pared con repelús.
Uno de estos objetos de valor económico discutible era un libro de veintiún centímetros de largo y catorce de ancho, con encuadernación rústica encolada; una novela económica de unas doscientas páginas, imprimida en Montevideo en 1971, que llevaba por título «Audaz y Tanguista» y cuya autora se llamaba Ana Ferreiro Azuaga. A Dionisio le había atraído la fotografía de la portada: el amarillento retrato de estudio de un boxeador joven en la postura clásica de este deporte, con el cuerpo ligeramente de lado y encorvado, la izquierda adelantada y la derecha guardando el torso. Probablemente un peso pluma o ligero. El cabo Rojas se fijó en que los guantes eran apenas dos saquitos de cuero, seguramente confeccionados con crin de caballo; dos guantes de los que se deshacían y dejaban los puños al descubierto a partir del décimo quinto asalto, cuando aún se peleaba a esas distancias.
A Dionisio Rojas le gustaba el boxeo desde muy niño, cuando su padre lo llevaba al gimnasio Gloria del barrio de Tepito —en la Colonia Morelos de Ciudad de México— a ver los entrenamientos del tío Clemente. El hermano de su madre nunca fue una estrella, aunque llegó a pelear con Roberto “Mano de Piedra” Durán en Panamá. El cabo Rojas recordaba la fascinación infantil de aquellas visitas al Gloria, donde también había admirado a otros bravos boxeadores como Rodolfo Martínez o Enrique “el Trapitos” García, que llegó a pelear por el título del mundo. Dionisio aún era joven: de todo aquello hacía apenas una década.
La novela tontamente robada por “Chancho” y “el Polilla” formaba paquete, gracias a dos gomillas dispuestas en cruz, con un grueso sobre y un recorte de periódico plegado. Dionisio Rojas retiró la gomilla con curiosidad y extrajo el sobre, uno de cuyos lados estaba rasgado. En el anverso estaban anotadas con la letra espesa del que escribe despacio las largas señas de la destinataria: doña Elsa Cuarón, señora de Castro, Escuela Primaria Álvaro Obregón, Avenida Insurgentes esq. 5 de Mayo, Colonia Juárez, San José Aculco, Tamaulipas, México. En el reverso se podía leer, como es habitual, el remitente: Marcel Berlandier, 100 Rue Paul Cornet, Saveuse, Département de la Somme, France. El matasellos, circular, llevaba la inscripción 80-AMIENS, 26 AOÛT 73.  En el interior había una docena de hojas escritas en castellano con pulcritud de calígrafo. Les echó un vistazo distraído, las volvió a plegar y las regresó al sobre.
Dionisio Rojas se fijó entonces en el recorte de periódico, un fragmento a tres columnas con el largo de la página, coronado por dos fotografías. En la primera se mostraba a un hombre mayor vestido con una americana oscura; en el pie se leía «Ventura Castro, el ‘campeón’ de San José». En la segunda aparecía el que debía de ser el mismo hombre pero con muchos menos años; vestía calzón y guantes de boxeo y posaba para el fotógrafo junto a otro púgil, flanqueando ambos a un árbitro y rodeados de quienes parecían mánagers, segundos y demás. El pie de foto decía: «Castro y McLarnin en la Plaza Monumental de Barcelona en 1935». El título del artículo era «138 segundos entre la gloria y el infierno».
Varios meses atrás, la aparición de grietas en la cubierta del cuartelillo había provocado su demolición y la instalación de planchas de uralita, que en el momento en que Dionisio Rojas miraba el recorte comenzaron a repicar bajo la lluvia llenando el edificio de un estrépito molesto por la intensidad pero melancólico por naturaleza. Con este sonido de fondo, el cabo se sentó en el banquito de concreto que constituía todo el mobiliario del calabozo, agarró una botella de Tecate y se dedicó a la lectura de aquel artículo de prensa, que estaba redactado en los siguientes términos:

«138 segundos entre la gloria y el infierno»
Un reportaje de Pío Vernis.
San José Aculco, 7.- Llegó con los refugiados españoles de 1939, vivió una década en Nuevo León y desde hace casi veinte años los aculquenses le ven caminar todas las mañanas, puntual como un reloj, las cinco cuadras que median entre su casa de la calle de Zárate y la Escuela Primaria Álvaro Obregón, donde ejerce de profesor de educación física. Cuando pregunto por él en la primera tienda de abarrotes que veo, de inmediato saben darme cuenta. Me dicen que es un hombre correcto y educado en el trato, que va a la suya sin meterse con nadie. Su casa es pequeña, limpia y sin lujos. Apenas sale. Su pasaporte mejicano dice que nació en Badalona, Barcelona, hace sesenta años y que su nombre es Ventura Castro Ruiz, pero en el pueblo le llaman indistintamente “don Ventura” o “campeón”. Porque hay maestros… y maestros y este, antes de dedicarse a la noble promoción del deporte local, fue campeón de Europa de boxeo. Híjole, que decía aquel.
            El gimnasio de la escuela huele a sudor. Don Ventura es un hombre de estatura mediana, cabellos güeros ondulados que ralean y cara rocosa bien rasurada. Está reclinado sobre una banca, haciéndole algo con un desarmador a una rueda de bicicleta desmontada que mantiene horizontal. Muestra una sonrisa educada, pero su rostro se endurece cuando me ve entrar y se da cuenta de que no soy del pueblo. Mira el cuaderno y el bolígrafo que sostengo en la mano. Mira la cámara fotográfica que cuelga de mi cuello. Dice:
―Buenos días, ¿qué se le ofrece?
Los españoles parecen enfadados cuando hablan, pero don Ventura no. Don Ventura el “campeón” parece de hielo.
―Soy periodista del Sol de Río Verde. Busco a don Ventura Castro, el que fue campeón de España y de Europa de boxeo.
            Suspira.
―¿Para qué?
―Para entrevistarle.
            Trastea pensativo la rueda de bicicleta y finalmente dice sin levantar la mirada:
―Vuelva usted a mediodía. Tomaremos unas cervezas y hablaremos.
            Vuelvo a la hora indicada y me conduce sin mucha plática hasta una minúscula cantina de dos mesas, en la que nos sirven unas chelas heladas.
―Dicen que fue usted uno de los mejores boxeadores que ha dado la madre patria…
La adulación no funciona: no dice esta boca es mía. Lo intento de nuevo:
―¿Cuáles fueron sus números como boxeador?
―Fui campeón de España y de Europa del peso ligero y luego campeón de Europa del peso wélter.
(El “campión” ha decidido el tono que mantendrá durante toda la entrevista: triste, reticente y desconfiado. En lugar de las cervezas tenía que haber ordenado unos tequilas para que se calentara).
―Yo me refería a lo de victorias, derrotas y draws.
―No mido mi carrera de esa manera.
―Es usted muy libre. ¿De qué años estamos tratando?
―De 1926 a 1935.
―En esos años fue usted el ídolo indiscutible de los fanáticos españoles.
―Hubo otros: Paulino Uzcúdun, Antonio Ruiz, Gironés, Flix… Todos ellos fueron también campeones de Europa. Pero sí, yo tenía muchos seguidores. Preparaba muy bien mis combates y salía a darlo todo desde el principio. Eso el público lo agradece.
―Sin embargo, no quiso hacer las Américas como Paulino y otros.
―Peleé unos meses en Cuba, pero ganaba buena plata en España y preferí volver.
―A usted le venció Jimmy McLarnin en 138 segundos, en el primer y único k.o. que sufrió en toda su carrera.
―Fue por una artimaña del mánager de mi rival. Me tuvo un rato aguardándole al raso sobre el ring. En frío a cualquiera le pueden dañar con un lucky punch.
―¿Qué es un lucky punch?
―Un golpe de suerte que le sale a quien no lo merece.
―¿Quiere decir que no fue un resultado justo?
―No lo dude usted. En iguales condiciones le hubiera mandado a dormir. Yo le había visto pelear otras veces y no era tan fiero el león.
―En ese combate los aficionados pasaron de la adoración hacia usted a la silbada, ¿Por qué cree que se produjo esa reacción tan emotiva?
―Está usted mal informado. Algunos es posible que creyeran que yo no salí a darlo todo y por eso pitaron, pero la gran mayoría protestó por la sucia maniobra de mi rival. Ya le dije que el público me apreciaba mucho.
―¿Siguen recordándole en Barcelona?
―…
―Usted tuvo que huir de España porque le acusaron de torturar a presos facciosos durante la guerra civil.
―Yo me exilié porque no quería vivir bajo el mando de los militares y de los sotanudos. Puede usted ponerlo con estas palabras. Yo estuve muy implicado con la República.
―¿Niega entonces las acusaciones de torturador?
―No tengo por qué negar nada. Quien haya vivido una guerra conoce las atrocidades que en ellas suceden en todos los bandos. No olvide usted que no fuimos nosotros los que provocamos aquella sangría.
―Esa respuesta se me hace como que quien calla otorga.
―Entiéndalo usted como crea conveniente.
―¿Cómo le recibieron a su llegada a México?
―Para los mexicanos sólo tengo palabras de agradecimiento. El Presidente de ustedes fue el único que defendió la legalidad de la República. Me concedió la nacionalidad y me proporcionó un empleo para empezar una nueva vida. México es un gran país.
―Es usted maestro de educación física.
―Sí, primero en Montemorelos y ahora en la escuela de San José Aculco.
―¿Cómo es su vida en México?
―Tranquila. Llevo una vida tranquila con mi esposa mejicana, que es maestra en el colegio y con mi trabajo.
―¿Tiene hijos?
―Uno. También es maestro en el colegio. Salió a la madre, es un gran muchacho. Ahora va a darme mi primer nieto.
(Por un momento creo que a don Ventura se le escapó algo parecido a una sonrisa).
―¿No pensó en regresarse?
―¿A dónde? Esta es mi casa. Soy ciudadano mejicano.
―¿Sigue usted el boxeo por la televisión?
―No.
―¿No tiene nostalgia de los años en que era usted una estrella del boxeo?
―No.
Finalizamos nuestro almuerzo, nos paramos y don Ventura Castro abona la comanda. He tenido que arrancarle las respuestas como con tenaza de dentista. En la calle accede a que le eche un par de fotografías, me pregunta cuándo voy a publicar mi reportaje y se despide con un apretón de manos. Luego lo veo dirigirse con paso rengo y ensimismado hacia su casa y en un segundo cierra la puerta a sus espaldas. Tengo la sensación de que me dijo la verdad. Luego tengo la sensación de que no me dijo nada.

            El cabo Dionisio Rojas permaneció pensativo durante unos minutos. El nombre de aquel ex púgil no le sonaba —todo el boxeo anterior a Mohamed Alí, pensaba, era pura arqueología–, pero la historia le había interesado y echó un nuevo vistazo reflexivo al sobre, cuya destinataria era la señora de Castro en San José Aculco.
—¿Te quedas hasta mañana, güey?
La interpelación le hizo dar un respingo. El cabo Roberto Flores —su relevo en los largos turnos de doce horas del fin de semana— se le había aproximado al amparo del tamborileo de la lluvia y se desperezaba a su espalda. Dionisio miró su reloj: las seis de la tarde. La pinche de su novia andaba de vacaciones en Mazatlán con sus padres: tenía por delante día y medio de tedio, televisión y cervezas. Relató al cabo Flores los sucesos del día, le traspasó la custodia de los objetos robados y añadió:
—Este libro me lo llevo y lo devuelvo de hoy en una semana.
—Órale, por mí puras habas —fue la réplica.

Dionisio Rojas vivía de alquiler en un edificio de apartamentos económicos en la colonia Santana de Tuxtepec, al que llegó un rato después en su vocho verde metálico del 72. Se duchó, se puso unos calzoncillos estampados tipo bóxer, encendió su viejo televisor Philco en blanco y negro y permaneció en pie unos segundos hasta que la agüilla se disipó. En “Nuestro cine mexicano”, en el Canal Dos (que era el único que captaba), echaban la vieja película El rey del barrio. Apagó el televisor, cogió el paquete que formaban el libro y la carta, depositó esta última sobre una cómoda —no le atraía el chismorreo en las vidas de otros— y se recostó en el sofá a leer la novela.
Tardó dos semanas en completar el libro a ratos perdidos, y lo que leyó le incitó a leer a continuación la carta enviada por monsieur Marcel Berlandier a doña Elsa Cuarón, señora de Castro. Cuando finalizó aún no había aparecido el propietario de ambos escritos. Dionisio Rojas comenzó a buscarlo con sumo interés.
[FIN DEL PRÓLOGO]